
El momento de llevar a un hijo a una escuela infantil siempre es difícil para los padres acostumbrados a tener a su bebé dentro del ámbito familiar. Hay un antes y un después, puesto que el pequeño solo ha estado con padres o abuelos y ahora pasa a ser cuidado por personas, que aunque son profesionales, le resultan desconocidas.
El llanto en el momento de la separación es habitual y no debe ser una señal de alarma para los padres porque los pequeños necesitan adaptarse al cambio de pasar a unos brazos ajenos. El tiempo de adaptación es distinto según las características del niño y su edad —no es lo mismo que empiece en la escuela con 4 meses que con dos años—, pero suele durar una media de dos semanas.
Pasado ese tiempo se supone que el niño ya debe sentirse bien en su nuevo hábitat. «Si no es así —apunta Yoana Campeño, coordinadora pedagógica de Nemomarlin— mostrará un comportamiento que dará pistas a los educadores». Son los siguientes:
—Pasado el tiempo continúa quedándose pegado a la puerta de entrada del aula sin moverse de allí.
—No quiere interactuar con el resto de compañeros.
—Se niega a participar en las actividades y juegos.
—Solo accede a moverse por el aula si es en brazos de los educadores.

Pero no solo en el aula variará su actitud. «También en casa —explica esta psicopedagoga—. No hay que olvidar que hasta los siete meses de edad no son realmente conscientes de la figura del apego y cuando los niños no se adaptan a la escuela es porque los padres tampoco se han adaptado a la nueva situación. Por este motivo suelen tener más muestras de inadaptación aquellos niños que pasan más tiempo en brazos de sus padres, los que no saben lo que es el «tiempo de espera»; es decir que en cuanto lloran sus padres acuden rápidamente a cogerles para calmar su llanto, los que les dan todo al momento según sus demandas…».
Esta experta señala, además, que los padres no deben hacer despedidas largas en la escuela para que la separación del pequeño no resulte angustiosa. «Tampoco es aconsejable que le den mensajes del tipo «ya verás, si te lo vas a pasar muy bien» que le pueden generar desconcierto. es mejor un «después de la siesta vengo a buscarte» para que tenga esa seguridad de que volverán a estar juntos. Lo cierto, es que la mayoría de las ocasiones, en cuanto el niño entra en el aula y se cierra la puerta, deja de llorar».
Aún así, los padres deben tener también en cuenta y, por tanto avisar a los educadores, si observan en el pequeño pasado más de un mes y medio reacciones como las siguientes:
—Que sale llorando de la escuela.
—Que muestra signos de tristeza.
—Que se siente apático y no quiere jugar en casa.
—Que les persigue por toda la casa para no separarse de ellos.
—Que pide más brazos de lo habitual.
—Que sus rabietas son más fuertes y continuadas.
—Que tiene despertares y alteraciones en el sueño.
«Si es así es conveniente plantear una tutoría para analizar las razones que hacen que el niño se muestre así. Los educadores deben conocer con exactitud cuáles son las rutinas del niño y el estilo parental. Muchas veces la solución está en los padres, que deben cambiar ciertos comportamientos como dejarles que se frusten y no acudir corriendo a cumplir todas las exigencias del pequeño. Hay que tener en cuenta que el niño ha pasado de ser el rey de la casa a saber que tiene que estar en una escuela donde hay otros niños que requieren atención. Siempre será positivo que se adapte a esta convivencia que le acompañará, en diferentes situaciones, a lo largo de su vida social. Por ello, en el caso de niños que anteriormente solo hayan estado en compañía de adultos es conveniente que los padres le lleven al parque para que interactúe con otros niños y aprenda de situaciones tan comunes como que le quiten un juguete».
Con el objetivo de ayudar a los padres en esta tarea de adaptación, Yoana Campeño recomienda sobre todo a los padres que confíen en los profesionales del centro y que hablen a los niños de la escuela como un sitio divertido en el que estarán un rato hasta que sus padres vayan a buscarle.
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