La tartamudez en la infancia es sin duda una de las consultas más habituales que encontramos en las escuelas infantiles, una de las dificultades del desarrollo más desconocidas por la familia, de carácter inicialmente benigno, que solo puede empeorar o convertirse en una dificultad seria si hacemos muy mal las cosas.
La tartamudez es el nombre coloquial de una patología del lenguaje que llamamos disfemia. Ésta suele presentarse a partir de los 4 años y puede consistir en repeticiones, bloqueos, o distorsiones fonéticas en una o varias de las sílabas del discurso de los niños.
Existen diversas teorías explicativas de la génesis de la dificultad, como casi todas las patologías del lenguaje es comúnmente aceptado que existe una carga hereditaria, así como también es comúnmente aceptado que el tratamiento de elección es la logopedia.
Debemos tener en cuenta que, al menos en castellano, los fonemas más complejos no se adquieren hasta los 6 años.
Hasta ese momento, podemos considerar que las dificultades del habla, especialmente las de la producción lingüística puedan estar provocadas por el propio ritmo de desarrollo del pequeño, no se iniciará ninguna intervención salvo que la gravedad de los síntomas observados lo aconseje, nuestra recomendación siempre será consultar con un profesional que podrá valorar al pequeño y determinar sus necesidades de estimulación específicas.
Entre los dos y los cuatro años los pequeños pueden experimentar un bloqueo o repetición, es muy común que sea al inicio de la frase. Suelen mostrarse muy inquietos, pudiendo llegar a dejar de hablar (mutismo) si les forzamos o si tan solo nos inquietamos en extremo, especialmente si quien se inquieta y se preocupa son sus figuras vinculares (de apego).
Podemos encontrar ésta dificultad, bajo la denominación de disfemia evolutiva, aunque es mucho más correcto hablar de disfluencia evolutiva, ya que lo que observamos en los más pequeños no cumple con los criterios de diagnóstico de la disfemia.
En más frecuente en los niños que en las niñas (en proporción de casi 3 a 1) y si bien hay mucha variabilidad en los estudios se estima que puede afectar a casi un 20% de los niños.
Suele aparecer y sostenerse durante un tiempo para luego desaparecer sin dejar ninguna secuela aparente, estos episodios pueden repetirse de forma intermitente hasta que el pequeño complete su periodo de maduración lingüístico, hacia los 5 años.
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